Sintiendo nuestra naturaleza plena

En un contexto práctico y cotidiano, el más obvio sentido común nos dice que, al igual que la sal es sal (cloruro de sodio) y no azúcar, ser es ser y no un no-ser. Esto es elemental y no plantea ningún problema, sintiéndose tan válido como lógico y evidente.

Entonces, ser es ser o, dicho de otro modo, la naturaleza de ser es ser y ―por tanto― lo que es realmente no puede dejar de ser ni, por lo mismo, comenzar a ser, pues siempre es y nunca hubo un momento en que no fuera ni tampoco habrá un momento en que no sea.

Tiremos ahora un poquito más del hilo, discerniendo juntos: a eso que siempre es (eterno) y que, por ello, es lo único que hay (absoluto), lo llamamos Realidad, así con mayúscula, denotando que esa es la genuina, auténtica, única ―absoluta― realidad, que permanece constante, sin fin.

Y la existencia de tal Realidad, de tal Ser ―incondicionado, eterno, ilimitado, absoluto― es no solo elemental, necesaria o axiomática (lo que es, es), sino también patente, en lo que respecta a los llamados seres humanos, si tenemos en cuenta que todo el mundo, sin excepción, tiene la sensación y noción de ser.

Lo natural es ser

Ser es universal, ciertamente. Sólo que la mayoría de las facetas humanas de la apariencia del Ser se han supuesto o asumido irreflexivamente a sí mismas como individuos separados, lo que implicaría la existencia de incontables entidades o realidades absolutas, tantas como aparentes sujetos y objetos hay en el cosmos o multiverso; lo cual no tiene ningún sentido ni lógica, por supuesto. Ya que ―al menos en este contexto usual― lo absoluto es lo absoluto; es decir, lo indivisible, inseparable, único, total, ilimitado, pleno, perfecto.

Hablar entonces de dos o más absolutos (o de más de un Ser) tendría tan poco sentido como hacerlo acerca de dos o más aguas. Agua es agua (H2O), en cualquier lugar, en cualquier momento.

Y ser (la calidad o el hecho de ser) es ser. No hay dos porque ni siquiera hay uno (en el sentido aritmético del número uno), ya que al no tener límite no puede ser referenciado o contextualizado respecto a “otra” cosa. No hay un segundo ni un tercero… No hay otra cosa.

En todo caso, este absoluto Ser podría evocarse numéricamente como Uno-sin-Segundo o Uno metafísico, tal como las tradiciones filosófico-espirituales lo han denominado desde la antigüedad. Bienvenidos a lo que llaman no-dualidad.

Ser es ser. Es muy sincrónico que, lingüísticamente, estemos aquí empleando el infinitivo (forma no personal del verbo) para referirnos a la Realidad absoluta: Ser.

Nunca es vano el sentido o comprensión primordial apuntada en el axioma “sólo hay lo que siempre ES”. Pero el olvido de ello ―de la Realidad, de la íntima naturaleza de uno mismo― tiene consecuencias dramáticas, a nivel individual y colectivo; aunque solo desde un punto de vista virtual, en la representación del gran teatro cósmico de la vida, la más colosal tragicomedia.

Ahora imagino, cómicamente, al absoluto (Ser) diciéndole al espejismo de lo relativo (que no es nada sino la apariencia de lo absoluto, o el absoluto manifiesto) algo como “Madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle”.

Pero volvamos al comienzo de nuestra reflexión, no nos desviemos; aunque es altamente improbable ―por decir algo― desviarse cuando sabemos y sentimos que no hay nada aparte de lo-que-siempre-es (el Ser). Naturalmente.

Pues bien, asumiendo la evidencia, a la vez lógica (impepinable) y simple (pero abrumadora, por sus implicaciones), de que lo-que-siempre-es es lo único que hay realmente ―en sentido absoluto―, uno puede en congruencia decir Yo soy el Ser… y tú también; y todos, todo.

Porque entonces se aprehende que cualquier faceta de la apariencia del Ser es como cualquier ola del oleaje del agua oceánica: lo mismo, manifiesto en diversas formas transitorias. De modo que cualquier ola es solo agua oceánica manifiesta, así como cualquier fenómeno, ente o cosa es solo Ser manifiesto.

Tanto la intuición como el intelecto, bien afinados, complementados en este atento y cuidadoso discernimiento, coinciden aquí y de este modo sentimos con claridad meridiana que no hay otra cosa que lo-que-siempre-es, esto que somos y que llamamos Ser, Tao, Brahman, Divinidad, etc (usa el nombre que más te resuene, sin problema, al fin y al cabo “todo queda en casa”).

Ampliando consciencia, optimizando comunicación

Actualmente, en este planeta que llamamos Tierra, muchas facetas humanas de conciencia ya comienzan a saberse y sentirse el Ser, el único Ser manifiesto en todos los organismos, en todas las cosas. La comprensión o ―mejor dicho― el recuerdo de la íntima, propia y sempiterna naturaleza absoluta, muestra por otro lado lo limitado que resulta el lenguaje verbal a la hora de expresar y comunicarse desde la perspectiva de nuestra esencia incondicionada.

Y aunque no es posible comunicar, trasladar o trasmitir no-dualidad a través del lenguaje de las palabras y conceptos ―dual, limitado y polar por naturaleza―, sí que se pueden introducir términos o expresiones que evoquen o apunten, de una manera más lograda, a sentires y estados de conciencia para los cuales no había ―ni en verdad podría haber― palabras…

Así, innovando nuestra manera de expresarnos, adaptándola de forma coherente a esta perspectiva o visión primordial-absoluta (no-dual) de uno mismo y de la vida, podríamos también decir que “soymos” (soy-somos), trascendiendo los aparentes límites personales en la comprensión de que todos somos lo mismo, sin que esto cambie un ápice por estar nosotros ahora virtualmente interactuando y comunicando desde avatares o personas ―en apariencia― diferentes o separados.

Esa percepción o impresión de multiplicidad de sujetos es, de hecho, una apariencia, nuestra apariencia. La relación entre los aparentes sujetos es algo así como la que hay entre los dedos de una mano o los tentáculos de un pulpo o las patas de un ciempiés; o los billones de células de un cuerpo humano… Somos lo mismo; y las apariencias ya no engañan cuando la percepción es clara, merced a un recto entendimiento, a una aguda intuición y, en suma, a un afinado discernimiento.

Mas no se precisa, en realidad, del concurso de un gran intelecto ni de unas altas capacidades intuitivas para darse cuenta de algo evidente, entendiendo por evidente aquello que es apreciable e inteligible para todos, de modo inmediato, diáfano y natural.

Lo evidente es para todos (los virtuales individuos), es universalmente asumido. Y lo más evidente, natural y obvio (tanto, que por eso es precisamente pasado por alto o ignorado) es el hecho ―o vivencia― de ser. No ser esto, eso o aquello, sino sencillamente ser.

Pues no necesitamos ninguna demostración, prueba o experimento científico o filosófico para saber que somos. Esto es ―como decimos― algo evidente, patente. Sentimos que somos, sabemos que somos, y esto es lo más natural, más que la respiración. Porque para poder ser consciente, percibir o respirar, es preciso ser. Esto es lo fundamental, lo básico, lo que nunca cambia, porque ES.

De nuevo, la naturaleza de ser (del Ser) es sencillamente ser. Puesto que el ser es, siempre es. Ser es ser. Luego, es eterno. Y puesto que el ser es lo único que hay, es asimismo ilimitado, absoluto, infinito… Por eso no solo es evidente, sino ―en verdad― autoevidente, ya que es lo único que hay, la realidad absoluta… nuestra genuina realidad o naturaleza.

Es claro que solo hay entonces la Realidad y lo que no es la Realidad no existe, solo parece existir ―figuradamente―, en la autosugestión de la conciencia separativa-dualista o egóica, que distingue entre Espíritu y materia, Divino y Humano, Absoluto y relativo…

Pero todo lo perceptible no es sino la misma Realidad manifiesta en cualquiera de sus incontables formas o aspectos, las transitorias y cambiantes facetas de la apariencia de lo Real, del Ser. La Realidad es por ello indiferenciada, de ahí que percibimos una apariencia o sustancia formal, multifacética y discontinua, evidenciando una base o esencia inmutable, un substrato permanente aformal, como una pantalla inmaculada que aparentemente se muestra en mil y un fotogramas o reflejos, variopintos y cambiantes.

Así, fondo y forma son dos aspectos de una misma “cosa” absoluta, del Ser que somos. De la misma manera, Realidad y apariencia, así como esencia y sustancia, no son dos cosas distintas, sino dos aspectos de la misma (como también lo son la pulpa y la cáscara de, por ejemplo, una banana).

En este sentido, bien podemos expresar lo dicho a través de otros dos neologismos, a saber, Realiencia (realidad-apariencia) y esancia (esencia-sustancia). La intención con ello es aunar en un solo término ―en nuestro entendimiento y sentir― lo que se suponía separado; si bien sabemos que dichos términos solo podrán evocar la no-dualidad, pues ―como ya dijimos― el lenguaje es una herramienta conceptual, polar, dual (aunque en el fondo, como fenómeno que es, el lenguaje y sus palabras no tienen ni dejan de tener significado, pues no existen en sí mismos).

De la palabra al sentimiento, del intelecto al corazón

Desde la sinceridad, rigor y honestidad de nuestra investigación acerca de nuestra naturaleza, hemos así entendido, sentido y reconocido que solo lo que es siempre (lo que llamamos Ser) puede ser considerado como absolutamente real y ser llamado, entonces, realidad (o Realidad, con mayúscula, denotando que es eterna, infinita, absoluta). Lo demás ―todo el inabarcable espectro de fenómenos o manifestaciones de todo tipo― queda como realidad virtual o simplemente apariencia, nuestra apariencia, en tanto que el propio Ser manifiesto, siendo que el Ser es lo único que realmente hay siempre.

No existiendo nada aparte del Ser, se hace patente que conceptos tales como carencia, limitación o escasez son tan ilusorios o relativos como sus opuestos. Su manifestación en el mundo fenoménico dependerá del crédito que se les otorgue y, este, no depende del supuesto sujeto separado, porque hemos visto, discernido y comprendido que no hay tal. Todo evento sucede, entonces, virtualmente, en un proceso espontáneo e impersonal.

El Ser, en tanto que absoluto, es indiferenciado, incondicionado, ilimitado. El “devenir” es solo el Ser manifiesto, perceptible, aparente, en su aspecto dinámico, de movimiento, actividad o cambio. Por ende, la sucesión de los eventos es virtual, espontánea e impersonal.

Literalmente, “no hay nada (ni nadie) por lo que preocuparse” y, sin embargo, la preocupación también es parte de la apariencia eventual-fenoménica en aquellas facetas de conciencia que, en el teatro cósmico, parecen no recordar o sentir la Realidad, el propio e íntimo Ser.

Mas siempre hay solo el Ser. Dado que no hay nada aparte del Ser ―nada distinto o diferente del Ser―, no hay realmente objetos susceptibles de ser distinguidos, nombrados o conceptualizados. Por eso los nombres y los conceptos hacen referencia a supuestos objetos y sujetos que en realidad no significan nada, pues no son, en términos absolutos.

La congruencia de estos hechos (o más bien, del único “hecho” ―por así decir― del Ser absoluto) invita a abandonar la identificación con los fenómenos y sus respectivos nombres y conceptos asociados, así como también la adhesión a cualesquiera interpretaciones acerca de aquellos. Interpretaciones que, por cierto, serían figuraciones sobre figuraciones, es decir, figuraciones al cuadrado, siendo entonces las ideologías políticas o los credos religiosos y dogmas de todo tipo figuraciones al cubo!

Pues no tiene sentido, sino un efecto contraproducente en nuestro virtual mundo humano, el considerar como absolutamente reales a meras facetas transitorias de la apariencia de la única Realidad absoluta, el propio e íntimo Ser. Dado que la aparente división o separación y la creencia en la misma como existente, generan identificación y apego (y por ende, sufrimiento) con respecto a los supuestos objetos o sujetos separados, dentro de la aflictiva conciencia de escasez o carencia que tal supuesta separación implica.

Lo cierto es que, en realidad, somos el Ser absoluto (lo que siempre es), y este Ser que somos es (somos) plenitud, perfección, gloria, al ser completamente incondicionado, inalterable, puro e ilimitado. Tal es, si se quiere expresar en términos religiosos ―pero familiares―, la verdad que nos hace libres.

En rigor, este reconocimiento ―si es de veras profundo y sentido― acaba con toda noción de libertad y esclavitud (o con cualquier par de opuestos polares, incluyendo verdad-mentira), ya que solo el Ser es; solo el Ser somos. No hay “otra cosa” y la dualidad (y más aún la “no-dualidad”) queda por tanto como una mera figuración o mito.

La gracia del asunto

Así, esta vida virtual continúa de manera espontanea, y cada personaje en esta película u obra cósmica cumple perfectamente su guión, su función, en todo aparente tiempo y lugar.

Y sucede siempre lo que tiene que suceder, cuando tiene que suceder.

Y es perfecto (más allá del par conceptual perfecto-imperfecto), como perfecta manifestación de la Perfección (el Ser), como Perfección manifiesta, tal cual es.

La simple ―pero total― asunción de esto, cuando se ha comprendido y sentido profundamente en cabeza y corazón, devela de modo gradual en la aparente conciencia humana la paz o serenidad incondicional en este cosmos virtual (auténtico prodigio de cinematografía cósmica).

Se siente así un estado ―impersonal y sin embargo íntimo― de tranquilidad, confianza y contento que no depende de cuáles sean las circunstancias del momento, mientras prevalece la autoconciencia de ser lo-que-siempre-es, lo que siempre se es, lo único que se podría ser: el Ser.

Resulta, en fin, tremendamente irónico y harto humorístico que hayamos tenido que dar (como especie y también en este texto) tantas vueltas para llegar justamente a donde estábamos; o sea, donde siempre estuvimos, estamos y estaremos: nuestro propio Ser.

Y puesto que siempre fuimos lo que buscábamos ―lo cual era imposible de encontrar, dado que nunca se perdió, sino que simplemente fue olvidado en esta “película”―, habrá que concluir que la cosa tiene su gracia; que tenemos cierta gracia y que somos en realidad esa misma Gracia ―la “Gracia de Dios”―, esa Gloria.

Que soymos lo que soymos, vaya.

Alamo

Publicado en Nodualidad.info

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SER-enidad

“Este enfoque o punto de vista, puede resumirse en esta premisa básica: sólo hay lo que siempre es”.

“SER no puede “ser un no-ser” ni, por tanto, comenzar a ser o dejar de ser. Lo que ES, ES. Sin principio ni fin ni condicionamiento alguno. De modo que, si hay una Realidad que es y permanece siempre (y es obvio que la hay, todos somos testigos de su variopinta apariencia), más allá de las formas variables y transitorias en las que se manifiesta, entonces no hay otra cosa que dicha Realidad o Ser absoluto; y esa es, necesariamente, nuestra auténtica naturaleza o genuina identidad, que es incondicionada, ilimitada, plena, perfecta”.

“No hay caminos, procesos o etapas para “llegar a ser” lo que siempre somos, porque no hay nada aparte de lo que siempre es/soy/somos. Solamente la sugestión de ser sujetos separados-limitados, habiendo asumido la cultural identificación con el nombre y la forma, vela virtualmente el recuerdo o reconocimiento de nuestra naturaleza auténtica. Podríamos decir que el actor, durante el rodaje de la película, se olvidó de sí y creyó ser el personaje que representaba, asumiendo como reales su identidad, forma, personalidad e historia personal ilusorias”.

“Así, cuanto más se asume y se siente la íntima Realidad del Ser, nuestro estado natural de serenidad se desenvuelve y manifiesta de manera paulatina, como paz, confianza y contento incondicionados,  no sujetos ya a ninguna circunstancia aparente.

Mas todo ese proceso no podría ser más que un sueño (aquel holograma, película u obra teatral de la que hablábamos), pues solo hay lo que siempre es-soy-somos: SER”.

Álamo

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La virtual epopeya humana. Último acto… de la primera parte

Wave

Y el Anciano, sentado a la sombra del árbol, habló así:

Ningún ser en la Tierra se enreda con conceptos o se esclaviza a sí mismo con la adhesión a sus propios juicios e interpretaciones; sólo aquel que llaman ser humano lo hace durante un periodo crítico de su aparente evolución, en el Gran Teatro cósmico.

En sus inicios, dejando atrás el instinto animal y la conciencia o identidad grupal, mientras desenvolvía su nueva facultad discriminante, en el albor del intelecto analítico-discursivo, el humano dispuso de una compleja y asombrosa herramienta biológica, ideal para desarrollarse cultural y tecnológicamente y dominar la materia, a fin de devenir el sabio administrador de los bienes y los tesoros de su entorno planetario y más allá…

Porque dicha facultad discriminativa también ―y sobre todo― servía a la especie y al individuo para madurar en conciencia y, eventualmente, develar su íntima y auténtica naturaleza, su genuina identidad de Ser ilimitado, incondicionado, eterno, absoluto… la Realidad, lo que siempre es.

Con el tiempo, al perder la facultad instintiva de la comunicación, que poseen los demás seres vivos, el humano desarrolló la comunicación verbal, basada en conceptos y estos, a su vez, en la polaridad (bueno-malo, dentro-fuera, hombre-mujer, mejor-peor, materia-espíritu, esencia-sustancia…).

Si bien esta nueva manera de comunicarse permitió el desarrollo cultural y tecnológico ―el progresivo dominio de la materia―, no se avanzó de la misma manera en el ámbito de la conciencia, ya que el humano cuanto más empleaba y daba crédito a los nombres y las formas más se identificaba con ellos y, fascinado y sediento ya por la posesión y disfrute de seres, objetos y situaciones (para resolver o paliar la sensación de estar incompleto y separado, lo cual creyó y asumió de manera irreflexiva), menor era su disposición de discernir con claridad su genuina naturaleza, su identidad real.

Las pasiones desatadas en el proceso lo habían arrebatado, habían nublado su entendimiento, convirtiéndolo en un ser reactivo, empujado de aquí para allá como un madero en el mar, un náufrago de sí mismo, a merced de los vientos y las olas emocionales, perdido entre las aguas turbulentas de su propia auto-sugestión.

Y es que aquel lenguaje hablado y escrito no sólo parecía reforzar con sus conceptos y distinciones artificiales la creencia en la separación, sino que también carecía de algo primordial, básico: la transmisión inequívoca ―en cuanto a sentido y significado― de mensajes entre los interlocutores, de ser a ser y de grupo a grupo, en comunidad.

Porque los conceptos variaban ―en gran medida, frecuentemente― en función de la cultura, de las creencias y experiencias del individuo y hasta del contexto en que tales conceptos o términos se empleaban.

Mas eso era apenas un efecto añadido para un lenguaje cuya base carecía de solidez alguna, de fundamento, al estar preñada de subjetividad, parcialidad, arbitrariedad y, en suma, relatividad. Por ejemplo, las diferencias de significado para un mismo término o expresión, según la localización geográfica, originaban malentendidos a veces cómicos, cuando no dramáticos.

¿A dónde podría conducir tan equívoco sistema de comunicación que, además, perpetuaba ―al asumirlo y creer en sus conceptos― una cosmovisión o enfoque siempre parcial y distorsionado de la realidad?

Expresados en palabras, los conceptos eran ―son― figuraciones, abstracciones por las cuales se separan virtualmente, en la imaginación, las diversas formas y fenómenos perceptibles, supuestas partes de la totalidad de la realidad, concebidas como separadas y existentes en sí mismas.

Así, por un error básico de percepción originado en la ignorancia acerca de Sí, a lo que son facetas inseparables en la apariencia de Lo-que-es (el Ser), se les atribuye imaginariamente una existencia separada del resto, una naturaleza propia. Quedaban así, virtualmente, aparte unas de otras y de la totalidad de la apariencia universal.

Además, en el caso de la forma humana, no solo se la atribuyó una existencia propia y separada del resto de humanos, seres y cosas, sino que, asimismo, al humano se le consideró poseedor de una voluntad personal, que le permitía ―según creyeron― actuar por su cuenta, conforme a sus intereses particulares.

Se convino en considerar al humano como depositario y disponedor de lo que llamaron libre albedrío, de una capacidad de elegir, decidir y actuar por sí mismo, independiente de los demás, de todo lo demás y del entero orden cósmico…

En este punto, rápidamente alcanzado, el error de comprensión del supuesto individuo separado ―error basado en la ignorancia, por una percepción distorsionada de sí y del entorno―, había alcanzado las peligrosas cotas y proporciones del delirio. Un delirio que, por su intensidad y graves implicaciones, guardaba un severo potencial autodestructivo, a todos los niveles.

Pero el humano no se apercibía de ello y, hechizado por sus propias creencias, esclavizado por la pasiones resultantes ―de atracción y repulsión, de búsqueda y escape―, proseguía su artificial e imprudente disección, abuso y expolio de la naturaleza.

Cada nueva definición se tornaba oficiosa y se asumía como cierta (no solo válida) si las comunidades ―o los grupos de poder que las dirigían―, así lo acordaban o convenían, conforme al siempre limitado conocimiento que manejaban; y siempre al servicio de intereses, en ocasiones generales y, muchas veces, particulares ―de un grupo, de una secta o de una élite. Así, nuevas capas de ignorancia se añadían a las que ya cubrían, conceptualmente, la naturaleza inseparable del Ser, de lo que siempre es, de la realidad absoluta.

Ocurrió que, al creer en los conceptos, en vez de usarlos simplemente para los fines prácticos de la comunicación y la interacción eficaces con el medio, el humano se escindió virtualmente del resto de la naturaleza, dando lugar a la tensión, la oposición, la sensación de separación, escasez, carencia o falta de plenitud; lo cual devino ―a su vez― en la competencia, la pugna y el conflicto por la obtención, consecución y cumplimiento de los bienes y objetivos que los seres humanos ―teniéndose por separados, incompletos y carentes―, se sentían en la necesidad de conseguir.

Esta perturbadora, tumultuosa y caótica situación individual y colectiva, enconada en el conflicto, merced a la fanática adhesión de cada individuo, grupo o país a sus particulares credos, esquemas, ideologías y dogmas (también en el ámbito científico), provocaba cada vez más sufrimiento en la Humanidad, creciendo también sus efectos destructivos en el resto de seres y ecosistemas.

Tal disfuncional y aflictivo estado de cosas, generado por aquella inicial percepción distorsionada ―escindida― de la realidad, mantuvo a la especie en un círculo vicioso que se retroalimentaba continuamente en una espiral descontrolada de locura autodestructiva, poniendo al género humano en el camino de la extinción e involucrando en ella también, progresivamente, al planeta que lo albergaba (el cual era inseparable de él, por mucho que el humano lo ignorase).

Semejante amenaza, cuyo cumplimiento se tornaba cada vez más inexorable, crecía al mismo ritmo en que lo hacía la capacidad del humano para dañar y matar a sus semejantes, así como a toda clase de vida en el planeta. De hecho, los arsenales de armas de destrucción masiva eran lo suficientemente grandes y potentes como para destruir la Tierra varias veces…

La dinámica caótica, insana e involutiva, tenía que ser detenida y revertida; la integración consciente dentro del orden natural debía de producirse con urgencia si la especie había de sobrevivir a una total aniquilación, ya fuera por devastación geológica, climática, pandémica o nuclear.

Las señales, cada vez más evidentes y sobrecogedoras, mostraban que el proceso final estaba en marcha, que la cuenta atrás había comenzado y que nada ya podría evitar un desenlace, el que fuera…

Era necesario, entonces ―para quienes tuvieran la madurez de sentir la llamada interna―, el regreso al estado natural de armonía, no obstante el estado inarmónico fuese igual de natural dentro del equilibrio total de fuerzas en la apariencia cósmica, en el más amplio contexto de los ciclos evolutivos de especies como la humana.

De modo que cuando el humano develase la conciencia de su íntima y genuina naturaleza real, absoluta, universal, eterna, incondicionada, ilimitada… entonces habría conjurado el caos suscitado por el estado conciencial ―dual― de separatividad, abrazando el sereno e impersonal estado no-dual de armonía y siendo ya, en la apariencia, una especie nueva. Sin embargo, en realidad ―paradójicamente―, ni siquiera esto salvaría al humano del fin.

Porque él/ella, una vez esclarecido, firme y estable en el reconocimiento de su auténtica e íntima naturaleza incondicionada, ya no sería más el ser humano, sino el Ser, el único Ser, absoluto, manifiesto y consciente de Sí en la forma humana.

Alamo

Publicado en Nodualidad.info

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SER-enidad

“Este enfoque o punto de vista, puede resumirse en esta premisa básica: sólo hay lo que siempre es”.

“SER no puede “ser un no-ser” ni, por tanto, comenzar a ser o dejar de ser. Lo que ES, ES. Sin principio ni fin ni condicionamiento alguno. De modo que, si hay una Realidad que es y permanece siempre (y es obvio que la hay, todos somos testigos de su variopinta apariencia), más allá de las formas variables y transitorias en las que se manifiesta, entonces no hay otra cosa que dicha Realidad o Ser absoluto; y esa es, necesariamente, nuestra auténtica naturaleza o genuina identidad, que es incondicionada, ilimitada, plena, perfecta”.

“No hay caminos, procesos o etapas para “llegar a ser” lo que siempre somos, porque no hay nada aparte de lo que siempre es/soy/somos. Solamente la sugestión de ser sujetos separados-limitados, habiendo asumido la cultural identificación con el nombre y la forma, vela virtualmente el recuerdo o reconocimiento de nuestra naturaleza auténtica. Podríamos decir que el actor, durante el rodaje de la película, se olvidó de sí y creyó ser el personaje que representaba, asumiendo como reales su identidad, forma, personalidad e historia personal ilusorias”.

“Así, cuanto más se asume y se siente la íntima Realidad del Ser, nuestro estado natural de serenidad se desenvuelve y manifiesta de manera paulatina, como paz, confianza y contento incondicionados,  no sujetos ya a ninguna circunstancia aparente.

Mas todo ese proceso no podría ser más que un sueño (aquel holograma, película u obra teatral de la que hablábamos), pues solo hay lo que siempre es-soy-somos: SER”.

Álamo

Lo que siempre es, tal cual es

Wave

La sensación y el hecho de ser son evidentes, patentes y comunes a todos los supuestos individuos separados ―también llamados seres humanos―, en este aparente mundo fenoménico.

Sin embargo, es también universalmente conocido el hecho de que el cuerpo aparece, se gesta, nace, crece, cambia, declina y perece, sujeto al espacio y al tiempo.

La existencia del cuerpo es entonces virtual, relativa, no absoluta. Pues si el cuerpo fuese absolutamente real, existiría siempre, no tendría principio ni fin ni límite alguno, tanto respecto al tiempo (siendo entonces atemporal o eterno) como al espacio (aespacial o infinito)… si es que de veras tal hipotético cuerpo encajase en el concepto usual de absoluto.

Como ese no es el caso del organismo humano ―ni el de cualquier otro ser, objeto o dinámica dentro del cosmos fenoménico o apariencia universal―, entonces todos ellos han de ser ―necesariamente―, relativos, virtuales, aparentes… Pero, ¿apariencias de qué?

Pues, como ahora resulta obvio, todos esos fenómenos o apariencias no serían sino manifestaciones o aspectos de Lo que sí es absolutamente real; de Lo que siempre es, de lo ilimitado, eterno, incondicionado, absoluto…. Eso que llamamos Ser, Tao, Brahman, Shiva, Dios, etc.

De tal modo, todo lo relativo, todo lo transitorio, cambiante y discontinuo ―incluyendo los estados (vigilia, sueño con sueños, sueño profundo) en los que todo ello es percibido―, no existe en sí mismo, carece de naturaleza intrínseca, no hay en ello existencia inherente. Sencillamente, no es.

Lo que Es es lo único que hay, naturalmente

Llegamos así de manera inevitable a tomar conciencia de lo más obvio y natural: sólo hay lo que Es (lo que siempre es).

O dicho de otro modo, sólo hay la Realidad (absoluta), mientras que las ―por así decir― realidades relativas (seres, objetos, fenómenos de cualquier tipo) no serían más que facetas evanescentes de la apariencia de la Realidad o lo absoluto. Serían, por usar un símil muy gráfico, lo que las olas son al agua oceánica: sólo agua oceánica manifiesta.

Y puesto que, en este contexto, lo absoluto es permanente (eterno) e ilimitado (infinito), entonces es lo único que hay, lo único que es. De manera que, al ser todo lo que hay, ninguna alteridad u otredad es posible y, por ende, no hay nada que “hacer” ni nadie que pudiera hacerlo. Por esto también a lo absoluto se lo llama perfección.

Y así, la apariencia universal es perfección manifiesta, espontánea. Si a lo absoluto lo llamamos Ser, entonces sólo hay el Ser; y la apariencia fenoménica es solo el Ser manifiesto, no existiendo realmente nada aparte llamado “mundo”, “apariencia universal”, “cosmos”, “multiverso”, etc.

Ya que el Ser permanece siempre lo mismo ―igual, idéntico a Sí mismo―, independientemente de las incontables y diversas formas de su apariencia o manifestación (así como el agua oceánica permanece siempre la misma, independientemente de las formas ―olas, ondulaciones, remolinos, espuma― de su apariencia ―oleaje―), se dice que el Ser es indiferenciado. Es decir, no es o no tiene ninguna forma pero aparenta ser o tener todas las formas.

De manera que lo que llamaríamos esencia (inmutable, indiferenciada, permanente) y lo que llamaríamos sustancia (cambiante, multifacética, discontinua) son meros aspectos ―figuradamente separados― de Lo absoluto, del único Ser.

Puesto que sólo hay lo que siempre es, y siendo ello indiferenciado, es a la vez manifiesto en todas las formas, por lo que cualquier concepto, significado, distinción, diferenciación, palabra, noción, calificación o interpretación resulta superflua, parcial, arbitraria, incompleta, relativa, pues… ¿cómo describir lo indescriptible, cómo limitar lo ilimitado?

Y ¿cómo los conceptos y palabras (meras figuraciones que imaginariamente distinguen y acotan parcelas virtuales dentro de la totalidad indivisible de la apariencia de lo absoluto), podrían aprehender la Realidad y, menos aún, transmitirla?

Y habiendo solo la Realidad absoluta, ¿quién o quiénes habría ahí para transmitir qué y a quién, o para distinguir qué?

Si sólo hay lo que siempre es, tal como es…

La serenidad de la mirada inocente

Se comprende así que toda perspectiva e interpretación acerca de lo que es (el Ser o Realidad absoluta), es parcial, incompleta, sesgada.

Adherirse a dichas interpretaciones conduce a confusión, tensión y conflicto. Al temor, la ira, la desolación y, en fin, a todo el rosario de emociones y estados aflictivos. Tal apariencia es lo que llamamos alienación o esclavitud, virtual resultado ―en síntesis― de confundir la Realidad con las facetas de la apariencia.

En cambio, una mirada limpia, cristalina, transparente, pura, inocente, desnuda (desvestida de la adhesión de cualquier filtro conceptual, ideológico o interpretativo), permite ―según va tornándose habitual y consistente― el fluir, la serenidad o la paz naturales, con independencia de las circunstancias.

Y lo que llamaríamos Amor puede entonces desenvolverse en su prístina autenticidad, natural, espontáneo y genuino (ajeno a morales artificiales, dualistas), ya que no hay “otros”, ni nada aparte… sólo hay lo que siempre es, el Ser absoluto, lo que siempre se es.

En tal punto va esfumándose y poco a poco, virtualmente, deja de asomar aquel fantasma, aquel “yo separado” que uno asumía ser. Por eso la mirada inocente no es de nadie o, dicho de otro modo, es impersonal y espontánea, como lo es todo el proceso del devenir eventual de la apariencia de la Realidad.

No queda allí nadie, ningún individuo o persona, para mirar nada. Pues sólo hay lo que siempre es, el Ser, lo absoluto.

Trascendiendo la aparente polaridad

Aunque la vieja costumbre de la separatividad o dualismo pueda en ocasiones repuntar o aflorar ―mientras va siendo disuelta a la luz (en la lucidez) de la mirada inocente―, podrán entonces, gracias al nuevo hábito de la serenidad, surgir preguntas pertinentes… ¿quién es “ese” que mira o deja de mirar, con una mirada limpia o velada por los filtros de los prejuicios, juicios, interpretaciones y sistemas de creencias?

¿Puede ese supuesto ente separado decidir si mirar de una manera o de otra, o adherirse o no a interpretaciones, ideas o creencias? Si dicha entidad individual no existe, ¿de quién puede predicarse el mérito o el demérito, la responsabilidad o la culpa?

¿Puede acaso tal imaginaria entidad escoger el darse cuenta o no de la realidad absoluta que aparece espontáneamente “disfrazada” de todo tipo de formas y fenómenos, así como el agua oceánica aparece en forma de ondulaciones, ondas, remolinos o espuma? ¿Puede lo que no es, ser? Y si no es, si nadie es, ¿para quién son entonces la libertad o la esclavitud, si además estas ni siquiera existen en sí mismas?

En cambio, el absoluto Ser ―Lo que siempre es y es lo único que hay― no está nunca sujeto ni condicionado a su propia apariencia, ni gana ni pierde nada con ella, ni experimenta adición ni disminución ni cambio alguno.

Análogamente, ¿sufre el agua oceánica adición, disminución o alteración en su naturaleza, debido a su apariencia (oleaje)? ¿Sufre el agua modificación alguna en su naturaleza (H2O), debido a las diversas formas (gota, onda, granizo, etc) y estados (sólido, líquido, vapor) de su apariencia?

Si sólo hay lo que siempre es ―el absoluto Ser―, la perfección, entonces nada hay en manos o en control de ningún supuesto avatar humano, de ninguna supuesta alma, de ningún supuesto dios. Ante lo absoluto ―el Ser incondicionado, ilimitado, eterno―, toda noción de existencia y voluntad independientes, así como toda distinción y atributo, quedan expuestos como mitos.

¿Dónde está entonces la triada de perceptor, percepción y lo percibido? ¿Dónde existiría cualquier triada, y cómo podría igualmente existir la dualidad sujeto-objeto o cualquiera otra dualidad, habiendo sólo lo que siempre es, lo único que hay, el absoluto Ser?

Por eso se dice que la virtual iluminación acaba con el también virtual o supuesto iluminado (o maestro); que todo nombre y forma es figurado; que el mapa no es el territorio y que, por ello, a las palabras ―como estas, como todo este escrito― se las lleva el viento; que, en última instancia, “todo es y no es”, porque la apariencia “está hecha de Realidad” o es Realidad manifiesta…

Y sólo queda ―develándose gradualmente en la virtual y espontánea película cósmica de la apariencia del Ser― lo que nunca podría buscarse ni encontrarse, porque nunca se perdió; lo que nunca podría recuperarse, porque nunca faltó… para nadie.

Lo que siempre es, tal cual es…

Alamo

Publicado en Nodualidad.info